Cultura
Fecha de publicacion: 2021-05-16 / 10:01:43 / Fuente: Abc color
Las «atrocidades» paraguayas en Mato Grosso en 1865 y la necesidad de una consideración más racional del pasado
Debemos tener cuidado con las palabras que usamos y con las evidencias que descubrimos, reflexiona el historiador Thomas Whigham en este ilustrativo artículo sobre extremismos y rumores aceptados como verdades.

El pasado mes de noviembre publiqué un artículo en el Suplemento Cultural que sostenía que debemos ser muy cuidadosos en nuestra elección de palabras y modos de análisis si queremos comprender de manera más efectiva la historia de Paraguay. El uso de la palabra «genocidio», aseguré, va en contra de los intereses de las personas que desean comprender claramente la experiencia de los paraguayos en la Guerra Guazú. Porque reducir a los paraguayos a víctimas les quita sin querer su carácter humano. Debemos, sostuve, tener cuidado con las palabras que usamos.
Y no solo debemos tener cuidado con las palabras, sino también con la evidencia que descubrimos, ya que algunas pruebas documentales son mucho mejores que otras. E incluso los eruditos o testigos más inteligentes de los hechos en consideración pueden ser engañados por información falsa.

Sucedió en mi propio país, cuando algunas de las cosas más absurdas afirmadas por el presidente Trump fueron creídas por personas que deberían haberlo pensado mejor. Y sucedió con algunos testigos muy serios en Paraguay en la época misma de la Gran Guerra.

Uno de esos testigos serios de los que deseo hablar aquí fue el coronel George Thompson (1839-1876), que trabajó para el gobierno de los dos López en el diseño de los primeros sistemas de ferrocarriles en Paraguay. Bajo los órdenes de José Eduvigis Díaz, preparó las trincheras justo al sur de Curupayty en 1866 y luego mantuvo el mando de unidades paraguayas en Angostura. Su relato de primera mano sobre la guerra, que apareció en forma de libro en 1869, es considerado por casi todos los estudiosos como una obra clásica imprescindible. Y sin embargo, a pesar de su amplia experiencia y su sobrio juicio, ocasionalmente cometió errores graves, uno de los cuales deseo abordar hoy.

El coronel Thompson, testigo de muchos de los acontecimientos más problemáticos durante la guerra, afirmó que los paraguayos participaron en atrocidades de la peor clase durante la toma de Corumbá en 1865. Escribió en sus memorias, The War in Paraguay, que los soldados paraguayos cortaron orejas de brasileños muertos y las colgaron alegremente de una cuerda para adornar el vapor de guerra Ypora. Cuando el buque volvió a Asunción, las orejas fueron retiradas, aseguró, por orden presidencial. Thompson, que solía ser escéptico frente a cuentos de brutalidades, en esta ocasión parece haber aceptado sin críticas un rumor sumamente improbable que por aquel entonces circulaba en la prensa argentina y uruguaya. Debería haber sido más cuidadoso en su consideración de los hechos; debería haber desarrollado un mejor juicio, justamente como tenemos que hacer hoy al analizar la guerra y las cosas terribles de las que fue testigo.

El rumor sobre las orejas evidentemente se originaba en el dudoso testimonio de un auxiliar brasileño que había ido a Mato Grosso a bordo del barco británico Ranger y que más tarde escribió cartas a varios periódicos porteños. Con seguridad, este individuo había visitado la provincia matogrosense (cosa que Thompson nunca hizo) y estuvo a bordo del buque indicado. Y con seguridad escribió más tarde a varios diarios de Buenos Aires. Pero no había presenciado combate alguno, y ni siquiera había puesto pie en el territorio ocupado. Pese a ello, contó algunos cuentos sumamente exagerados que fueron ampliamente creídos en Sudamérica y dio así una fuerza artificial a la reputación de los soldados del Mariscal de tener una ferocidad de salvajes. Sin embargo, y esto es lo notable, no ocurrió nada parecido, y tenemos pruebas importantes de las que carecía el coronel Thompson.

Había sido que un año después de Cerro Corã el ex cónsul de Gran Bretaña, primero en Rosario y después en el Callao, el señor Thomas Joseph Hutchinson, explicó el origen de esta historia de atrocidades frente a un grupo de profesionales en Liverpool. En aquella reunión, que quedó registrada en un folleto rarísimo, habló de la forma siguiente:
«En el mes de enero de 1865, un pequeño vapor, llamado “Ranger”, fue enviado por las autoridades brasileñas a Buenos Aires para comunicarse con, y a la vez traer suministros y correspondencia de sus fuertes en Cuyabá, Corumbá, y otros puertos del Brasil en las aguas altas del río Paraguay. Este vapor estaba comandado por un caballero norteamericano a quien conozco, el capitán Harrison. A bordo, además del piloto y la tripulación, estaban como únicos pasajeros el capitán Parish RN, hermano de mi colega en Buenos Aires [...] y un auxiliar brasileño, enviado con alguna tarea por su gobierno. Tan pronto como entraron a los límites del territorio paraguayo en Tres Bocas [...] el auxiliar cayó en un estado de pánico –lanzando de vez en cuando tímidos vistazos por el costado del barco hacia la costa paraguaya y encerrándose en su cabina cada vez que se soltara el ancla en un puerto paraguayo. El vapor se detuvo en Corumbá –el puerto más alto alcanzado– cinco días, durante los cuales el auxiliar no piso tierra [...]. Sin embargo, aunque no se bajó del vapor mientras este estuvo arriba en el río Paraguay, apenas volvió a Buenos Aires escribió una carta a los diarios [aquí Hutchinson se refiere a La Tribuna (Buenos Aires), 22 enero de 1865] afirmando que había visto en las calles de Corumbá (en las que, repito, no había puesto un pie) a soldados paraguayos merodeando por el pueblo y llevando collares hechos con orejas de brasileños [...]. Esta atroz calumnia fue inmediatamente contradicha por el capitán Parish y el capitán Harrison, en virtud del hecho de que el auxiliar no había bajado a la costa y, consecuentemente, no había podido tener oportunidad de ver tal cosa, en caso de que la misma hubiera sucedido. Entretanto, los señores Parish y Harrison, aunque estuvieron en el pueblo todos los días, no notaron nada que se le pareciera» (Hutchinson, A Short Account of Some Incidents Of the Paraguayan War, a Paper Read Before the Liverpool Literary and Philosophical Society, Liverpool, 1871, pp. 21-22).

La historia de las orejas no solo llenó páginas de muchos periódicos en los países aliados, sino que inspiró la producción de imágenes propagandísticas de soldados paraguayos representados como salvajes con collares de orejas, asemejando así las tropas de López a los guaicurúes del Chaco, de quienes siempre se hablaba en términos brutales.
Ahora bien, el punto es que el folleto de Hutchinson no deja dudas acerca de que la atrocidad atribuida a los soldados paraguayos nunca sucedió. Y, sin embargo, un individuo tan lúcido como el coronel Thompson, cuya lealtad a Paraguay quedó demostrada tantas veces, creyó en esos rumores. ¿Por qué? Porque, diría yo, las personas que no creen en las pequeñas mentiras a menudo creen en las grandes. Tan grandes como esta, o como aquella otra historia, abiertamente absurda –según el mismo Thompson argumentó– y carente por completo de pruebas, salvo una o dos cartas falsificadas producidas sin procedencia clara, acerca de que los brasileños cometieron un genocidio abierto en 1869.

Ni hubo atrocidades por parte de los paraguayos que involucraran cortes de orejas en Mato Grosso en 1865, ni hubo política de matanza en Piribebuy por parte de los brasileños en 1869. En la última gran película de John Ford, El hombre que mató a Liberty Vallance, el editor de un periódico local dice: «Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en hecho, hay que imprimir la leyenda» («This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend»). En otras palabras, la ficción, cuando se convierte en realidad, se imprime. Quizá recordar esto ayude a entender por qué lo mismo sucede tan a menudo en la interpretación moderna de la historia paraguaya y en el recuento de hechos. Pero ahora que estamos en el siglo XXI deberíamos hacer un esfuerzo aún mayor por reprimir la tentación de exagerar y torcer. Los bisnietos y bisnietas de los soldados de 1864-1870 merecen un análisis más sobrio del pasado. La historia de la que son herederos necesita menos víctimas y más seres humanos, menos orejas cortadas y más estómagos vacíos.
Profesor emérito de Historia, Universidad de Georgia
 



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