Fecha de publicacion: 2019-10-16 / Categoria: Locales / Fuente: La Nación
Narcos…
En los últimos tiempos, Pedro Juan Caballero se convirtió en el escenario de una sanguinaria guerra narco. Más de 100 personas fueron asesinadas solo este año con inusual violencia.

Allí, en ese territorio liberado, grandes capos de la droga se disputan el control. En las calles, en las plantaciones, en las cárceles… nadie está a salvo en ningún lado.

Es el campo de batalla de una guerra que extiende sus raíces mucho más allá de las fronteras.

La droga es paraguaya, pero el negocio es disputado por narcopolíticos, el Primer Comando Capital o el Comando Vermelho, entre otros.

El 80% de la marihuana que sale de Pedro Juan Caballero tiene como destino Brasil, el principal comprador de las plantaciones de la región. Lo demás va al resto del continente, aunque la explotación, el sicariato y los asesinatos se quedan en Paraguay.

Quienes investigan en la telaraña del narcotráfico aseguran que el kilo de marihuana al por mayor, comprado a los acopiadores, puede valer 200 mil guaraníes, poco más de 30 dólares. En Buenos Aires, el precio se duplica y en el avance se multiplica vertiginosamente. Es un negocio tan lucrativo como peligroso.

Pero Pedro Juan es solo el campo de cultivo y de batalla. Hoy los jefes narcos se alejan de la zona y manejan el negocio desde lujosos departamentos o portentosas mansiones.

Y lo hacen inclusive desde la capital, Asunción.

Así, esta semana era capturado por agentes especiales Levi Adriani Felicio, un supuesto jefe narco brasileño, pero que contaba con cédula de identidad paraguaya pese a que llevaba encima varias órdenes de captura, incluso en Brasil. ¿Cómo la consiguió? Sí, como lo pensaste, con dinero, el mismo dinero con el que la mafia permea todas las instituciones del Estado.

Levi, que vivía “escondido” a la vista de todos en la exclusiva zona de Villa Morra y se paseaba en lujosos vehículos por la ciudad, sería uno de los líderes activos del PCC y actual jefe en el norte del país de esta organización criminal, según informes de Inteligencia.

El mismo está vinculado al tráfico de drogas, no solo marihuana, también cocaína, armas y lavado de activos por medio de una compleja red criminal.

Su detención se dio de madrugada y todo el país la siguió por medio de la televisión, un espectáculo circense que revelaba poderosas armas, balas, autos de alta gama, relojes (cuando no), dinero y una vida de película porno reservada a protagonistas de esta novela que casi siempre termina mal.

No fue el único golpe del bien esa vez.

En un operativo simultáneo realizado en la convulsionada Pedro Juan Caballero era detenido Marcio Cayoso, alias Candonga.

Marcio sería la “persona de confianza” y principal operador de Levi. Según los investigadores, su función era organizar todo el tráfico de drogas desde la zona del cultivo hasta el envío de las cargas al Brasil.

Aseguran también que es el nexo entre policías corruptos que supuestamente brindan protección y dan vía libre al traslado de sustancias ilegales.

La televisión nos mostraba una imagen calcada: poderosas armas, balas, autos de alta gama, relojes (cuando no) y dinero.

No es el fin de la historia.

Estas detenciones van a desatar otra guerra un poco más furiosa. Es el estilo mafioso del narcotráfico, una industria que extiende sus tentáculos a todas las clases sociales, a todas las instituciones, a todas las formas de hacer negocios. Es el poder sin límites del dinero que puede comprar casi cualquier cosa que esté o no la venta.

Un negocio que nos está consumiendo, que mata a nuestros jóvenes y genera falsas expectativas y que nos lleva la delantera en todo. Un negocio al que no lo detienen las leyes ni las buenas intenciones, pese a que te puede llevar a la cárcel o a la tumba.

Nos alegramos con estas detenciones, es verdad, pero lo que viene tiene que ir en concordancia. Solo pongo un ejemplo. La Senabico ya se hizo cargo de los bienes, pero si se siguen robando, los buenos no son más buenos que los malos, estamos estancados en una cadena repetitiva que solo nos ahoga en la desesperanza, como una irónica droga que nos mata de a poco.

Pero esa es otra historia.

Por: Mariano Nin

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